Troya by Gisbert Haefs

Troya by Gisbert Haefs

Author:Gisbert Haefs
Language: es
Format: mobi, epub
Published: 2010-11-28T23:00:00+00:00


El nuevo puerto de la ciudad de Abasa, que los aqueos llamaban Éfeso, no estaba en la desembocadura del Ka-I stros, sino en la bahía. Una sudorosa y asfixiante capa de bruma pendía sobre el lugar, obra tanto del cálido día de primavera como de los innumerables fuegos y martillos que hacían subir al cielo humo y polvo de piedra. En el ancho espacio que había detrás de los edificios del nuevo barrio portuario, practicaban tiros de carros de guerra. Tsanghar se quedó atrás para verlos; Tashmetu y Ninurta fueron a la ciudad.

Esclavos, trabajadores y muchos otros efesios, probablemente obligados a trabajar voluntariamente, restauraban los muros. Se blanqueaban los pesados e irregulares bloques de piedra, se rellenaban las juntas con barro y lascas molidas. Tierra adentro, donde los fuegos humeaban y apestaban, se intentaba al parecer cocer las capas de barro de las juntas; en las cercanías del río, trabajadores mezclaban en cubas hollín, sangre de buey y otras apestosidades y aplicaban el tinte resultante a las capas ya cocidas.

En la maraña de calles de ladrillo de la ciudad, Ninurta no encontró al socio con el que quería hablar; el almacén en la gran plaza rebosaba de balas de paño y ánforas, y un trabajador afirmaba que el señor volvería enseguida o mañana o dentro de una luna, que estaba en la ciudad y de viaje.

En la plaza se habían talado dos o tres de los viejos árboles y se había ahuyentado su curativa sombra para dejar espacio a un ara en la que sacerdotes vestidos de rojo oscuro rayaban y raspaban. Guerreros de Madduwattas (Éfeso era una de las varias capitales del reino de Arzawa) holgazaneaban alrededor, sin que los habitantes les prestaran atención alguna. n al puerto,

Dejaron una nota para el mercader y fueron al puerto, donde Tsanghar los encontró. Contó que había visto dos peculiaridades en lo que se refería al manejo de los carros de guerra: los tiros eran guiados con cuerdas que colgaban de anillos puestos en los sensibles ollares de los animales, y cada carro llevaba como tripulación un carretero y un guerrero armado de jabalina.

—Tu gente, asirio, los hititas y los romet saben manejar carros. ¿Pero éstos de aquí? —Tsanghar arrugó la nariz y se dio unos golpecitos en una de las aletas de la misma—. Se puede guiar así, pero sólo por breve tiempo. No hay más que tirar con una poquita de fuerza para que los anillos rasguen los ollares y haga falta un nuevo caballo con la nariz sana. Por eso todos los que entienden algo de esto utilizan un fino pasador de metal que se mete en la boca del caballo. Un bocado, como decimos nosotros.

—Eso es cierto. Ahora que lo dices se me ocurre. ¿Y qué pasa con el guerrero de lajabalina?

Tsanghar emitió una risita burlona.

—Totalmente inútil, señor. Con esasjabalinas cortas... Eso son armas para infantes. No se puede ni apuntar adelante sobre las cabezas de tus propios caballos ni hacia un lado o hacia atrás. Una lanza, para tirarla.



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